El coche que funciona con agua

El coche que funciona con agua -

María Olmo María Olmo 05/06/2017

Póngase usted en el lugar de una joven científica, que en el garaje de su casa… No, eso es en Estados Unidos. Empecemos de nuevo. Imagínese que es usted una joven científica, hija de un mecánico de coches que ha tenido el empeño de que estudie, y que en la habitación de dos metros cuadrados de su vivienda, sentada en la cama porque no tiene sitio para más, se pone con el portátil y diseña el motor de un coche que funciona con agua. Sí, ese coche no necesita gasolina ni gasoil, ni electricidad. Funciona con agua del grifo. Bueno, vamos a complicarlo un poco. Ese coche funciona con agua del grifo previamente filtrada en una de esas jarras con enchufe que anuncian en la Teletienda y que sus padres compraron después de una noche de insomnio junto con el robot de cocina y esa faja que endereza la espalda.

 

Esa joven científica se va al taller de su padre y, entre lo que ya sabe y lo que pregunta, va diseñando el prototipo. Dos años de tanteo y retracto, hasta que una mañana de domingo, en el solitario polígono industrial, enciende el motor y da una vuelta con el coche. Previamente ha estudiado el entorno, las cámaras de seguridad de los locales adyacentes, la vigilancia de la única industria más o menos grande que sigue en pie, buscando los ángulos menos controlables. Pone en marcha el vehículo… ¡Y funciona! Va de los 10 a los 35 kilómetros/hora, y del tubo de escape sale un vaporcito blanco que casi serviría para una limpieza de cutis a la antigua. Tras el éxito inicial, mantiene las pruebas durante cinco meses, cada vez con más miedo, pero el coche, que ha bautizado Aguatour y ha pintado de azul turquesa, sigue funcionando. Es más, ahora alcanza los 60 kilómetros por hora.

Considera esta joven que ya ha terminado su trabajo de investigación, y ahora viene lo difícil, casi lo imposible. ¿Qué puede hacer? La invade el pánico, se le eriza el vello, los dientes empiezan a castañear y se encierra en su habitación a meditar durante dos días. Sus padres sospechan, algo raro ocurre, pero ni imaginan en qué estado se encuentran las cosas. Sí, a la niña le gustan los coches, tiene uno en el taller y no para de toquetearlo, ha revisado el motor montones de veces… Se ve que el tuneo la entretiene, piensan los papás. Ay, si supieran…

 

Ella sabe que lo primero es registrar la patente. Ya lo hubiera hecho si se le hubiera ocurrido inventar qué sé yo, un retrovisor panorámico, pero un coche que funciona con agua… ¿Cuánto tiempo tardarán Ellos en enterarse? ¿Horas? ¿Minutos? ¿Segundos? Ha visto las suficientes películas como para saber lo que la espera. Por el lado más suave, un abogado con brillante traje de alpaca, gafas de sol carey y zapatos Sebago irá a verla enseguida, para comprarle la patente y decirle dos cosas: que se olvide del asunto ahora que es rica y que no se le ocurra comentar nada. Con nadie. Esa sería la solución buena. Entonces, la corporación petrolera o la multinacional fabricante de vehículos que había enviado al reluciente abogado de dientes perfectos y ojos fríos como el hielo guardaría el invento en su caja de seguridad de Alaska y ella huiría a la Patagonia en un intento desesperado de que se olvidaran de su existencia, pero temiendo siempre por sus padres y su hermano, a los que ha puesto en peligro mortal.

 

En el lado malo, quizá a través de las cámaras satélite y de las pistas que haya dejado sin querer al comprar componentes o al ensayar con su prototipo, Ellos ya lo saben todo, y cuando se dirija a la oficina de patentes –no puede hacer búsquedas por internet, completamente rastreables–, será asesinada rápidamente por unos sicarios que fingirán un robo, o un atropello, o despeñarán su coche por el Balcón del Guadalquivir. Porque todo esto está pasando en Córdoba, no crean.

 

Piensa ella en grabar un vídeo y enviarlo a los principales medios de comunicación, colgarlo en Twitter… Pero, ¿la creerán? ¿Se encargarán Ellos de borrarlo todo? El pánico la invade. Pasados los dos días sale de su habitación con la cara hinchada por el llanto, se dirige al taller y desmantela el coche pieza a pieza. Que se encarguen otros de arreglar lo del cambio climático.

(Dedicado a Donald Trump, que también da bastante miedo).

 

Fuente – Diariocordoba.com

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