El camionero asesinado por la avispa asiática, tenía solo 32 años, mujer, una niña de corta edad y una vida por delante

Tenía 32 años, era padre de una niña pequeña y había logrado sobrevivir a tres picotazos anteriores inyectándose la adrenalina que siempre llevaba a mano. Es el séptimo difunto de la avispa velutina, que entró por Francia y ya se ha detectado en Burgos. Recorre 50 kilómetros al año.

Esta es la historia de un hombre, una avispa y una familia rota. Él, 32 años, sano y curtido al volante de camiones. Ella, una depredadora letal llegada desde el lejano Oriente. Todo era normal aquella mañana del martes 28 de mayo. El lugar, una finca de San Tirso de Abres, en el occidente asturiano, un pueblecito de clima suave que se asienta en un valle verde atravesado por el río Eo y en el que habitan 433 vecinos. Uno de ellos era el joven Miguel Álvarez Calvín, padre y esposo, un tipo “sencillo y servicial”, hablan de él los lugareños. Ella, una avispa velutina -de las llamadas popularmente asesinas- llegada de Asia. Hombre y avispa se cruzaron. Y aquel encuentro, fortuito y desigual, terminó en tragedia. Miguel era alérgico a este insecto (el 3% de los españoles lo es, incluidas las abejas, según la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica), pero tenía experiencia. Había logrado sobrevivir a tres picotazos anteriores inyectándose la adrenalina -no hay vacuna para este tipo concreto de insecto- que siempre tenía a mano. El cuarto no lo pudo superar, entró en coma y falleció. “Tuvo muy mala suerte, la verdad, no se lo merecía”, resume Ángel Prieto, el presidente de la Asociación Cultural Eo con la que Miguel, camionero de profesión como su padre y su hermano, colaboraba a menudo.

El fatídico final de Miguel estaba escondido a unos 50 metros de la casa de dos alturas que compartía con sus padres, Álvaro e Isabel. Ellos en la primera planta y Miguel, su mujer Alba y su hija pequeña Lara en la segunda. Y bajo una rueda, el verdugo alado. Como tantas otras veces, el camionero se había puesto a desbrozar la hierba de su finca esta vez con el propósito de acondicionarla para sus dos caballos, su pasión. Se puso, como siempre, manga y pantalón largos y se cubrió la cabeza con el típico protector para desbrozar. Excepto las manos, que dejó al aire. Sin guantes ni otro tipo de protección. Y ese fue su error. Porque escondida entre una rueda de camión en desuso anidaba sigilosa la asesina negra y naranja. Cuando Miguel se dio cuenta ya era tarde. La velutina le había clavado el aguijón en un dedo de la mano. Pero la vio para contarlo.

Imagen de Miguel al volante de su camión que su esposa subió a su Facebbok junto a un lazo negro por el fallecimiento de marido. La foto iba acompañada de numerosos mensajes de amigos y conocidos de la pareja asturiana

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A más de cinco metros de distancia del nido la avispa asiática raramente es agresiva con las personas. La cosa cambia, sin embargo, cuando por alguna razón sienten que su nido corre peligro. Es lo que pudo ocurrirle a Miguel mientras desbrozaba. La reconoció al vuelo por sus colores, le diría a sus padres, pero eso ya daba igual. Recorrió los pocos metros que hay hasta la casa y cogió la jeringuilla de adrenalina que siempre tenía preparada y, como había hecho otras veces, se la inyectó. Nunca se había mareado tanto hasta ese momento. Al borde del desmayo, sus padres, que estaban en la casa, lo llevaron rápidamente hasta el centro de salud del pueblo, situado a unos 200 metros de allí. La farmacia estaba aún más cerca y abierta. Pero nada fue suficiente. Miguel se desvaneció y, de camino al Hospital Central de Asturias, entraría en parada cardiorespiratoria. Llegó vivo pero la ausencia de oxígeno en su cerebro se tornó irreversible. Miguel entró coma. Y en la UCI se fue apagando poco a poco, al tiempo que su actividad cerebral. La avispa lo había aguijonado de muerte. Cuatro días después, el sábado 1 de junio, Miguel falleció en el hospital, dejando esposa, una preciosa niña de corta edad y una enorme sensación de impotencia. En su entorno se siguen preguntando qué falló o qué pudo fallar.

La doctora Arantza Vega dirige el servicio de Alergología del Hospital de Guadalajara, un referente en la investigación y tratamiento de picaduras de abejas y avispas. “Tendría que conocer más detalles pero a primera vista es una lástima lo que le ha ocurrido a este chico”, explica la alergóloga. “La adrenalina sirve para salir del paso, nada más, no es un tratamiento que proteja del veneno del insecto. Cierto es que no existe una vacuna específica para la velutina, pero se puede elaborar una vacuna con el veneno de otra avispa similar. Al menos se llega a un 80% de inmunidad. Es un seguro de vida no al cien por cien pero muy eficaz, además de utilizar adrenalina en autoinyectables”. Una adrenalina especial que, según denuncia a Crónica el jefe de Alergología del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz de Madrid, el doctor Joaquín Sastre, resulta “muy difícil” de encontrar. “Hay un desabastecimiento total en España. Lo venimos denunciando al Ministerio de Sanidad, que sigue sin resolver este asunto tan delicado y de extrema necesidad”, sentencia el galeno. “Normalmente es difícil administrarse más dosis de la debida, porque son jeringas precargadas de uso único, pero si esto ocurriera no deberían existir otros efectos secundarios más que temblor o palpitaciones durante unos pocos minutos, que se resuelven espontáneamente”, añade el alergólogo Javier Sola, del Hospital madrileño Ramón y Cajal.

El del joven Miguel es el último fallecimiento provocado por la avispa asesina en España. En Asturias, donde vivía, han colocado este año 1.010 trampas, cinco veces más que las instaladas en 2018, que se han distribuido por el territorio capturando hasta la fecha 5.782 reinas. Esta avispa acaba con las colmenas de abejas en poco tiempo, a un ritmo de entre 25 y 50 diarias.

Pero peor que la asiática es la avispa mandarina. Los apicultores temen su llegada a España. También procede de Asia, concretamente, de Japón, y es mucho más destructiva para las colmenas de abejas. Se trata además del avispón más grande del mundo, ya que los adultos pueden alcanzar los cinco centímetros de largo.

 

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